Cómo las decisiones imprudentes dejan de percibirse como peligros para transformarse en hábitos cotidianos. Un análisis profundo sobre la responsabilidad estatal, el factor humano y la urgente necesidad de dejar de llamar "error" a lo que, en realidad, es una decisión al volante.

Por Sebastián Horacio Trovato. Analista de Seguros y Siniestros Viales.

En Argentina, los siniestros viales continúan siendo una de las principales causas de muerte por hechos evitables. Cada año, miles de personas pierden la vida en calles y rutas, mientras que muchas más resultan con lesiones graves o secuelas permanentes. Detrás de cada cifra hay familias atravesadas por tragedias que, en la mayoría de los casos, podrían haberse evitado.

Más allá de los números y de las estadísticas, existe un fenómeno silencioso que atraviesa la cultura vial del país: la naturalización del riesgo por parte de muchos conductores. No se trata solamente de infracciones aisladas; el problema aparece cuando determinadas conductas peligrosas dejan de percibirse como tales y pasan a formar parte de la rutina cotidiana al volante. Por lo cual, lo que a veces se toma como “error”, nunca lo es: estamos hablando de una “decisión”.

La minimización del peligro

Circular algunos kilómetros por encima de la velocidad permitida, mirar el celular “solo un segundo”, cruzar un semáforo en amarillo que ya está cambiando a rojo, o conducir después de haber consumido alcohol “porque es poco y estoy bien”. Son frases y actitudes que se repiten con una frecuencia alarmante y que reflejan un patrón cultural preocupante: el riesgo se minimiza, se justifica o directamente se ignora.

Esta normalización tiene consecuencias profundas. Cuando una conducta riesgosa se vuelve habitual, el conductor deja de percibirla como peligrosa. Sin embargo, la física y las probabilidades no funcionan bajo percepciones subjetivas:

  • La velocidad aumenta la energía del impacto.
  • Una distracción de segundos puede implicar recorrer decenas de metros sin control.
  • El alcohol altera reflejos y capacidad de reacción, incluso en cantidades que muchos consideran “aceptables”.

Hacia un cambio cultural

En este contexto, la siniestralidad vial no puede explicarse únicamente por errores individuales. También responde a una cultura de tolerancia frente a conductas que ponen en peligro la vida propia y la de terceros. La seguridad vial, por lo tanto, no depende únicamente de leyes, controles o sanciones; requiere, sobre todo, un cambio cultural profundo en la forma en que se percibe la conducción.

Sin dejar de lado la responsabilidad que les corresponde a las autoridades competentes en materia de prevención vial, control, educación y mejora de la infraestructura —obligaciones propias del Estado—, es necesario reconocer que el factor humano sigue siendo el de mayor incidencia en la mayoría de los siniestros viales.

Esto no implica desconocer la influencia del entorno. Calles en mal estado, señalización deficiente o iluminación insuficiente pueden generar situaciones de riesgo. Sin embargo, aun en esos contextos, las decisiones de quienes conducen resultan determinantes.

Un compromiso compartido

La construcción de una verdadera cultura de seguridad vial requiere un compromiso compartido: autoridades que cumplan con su rol y ciudadanos —jóvenes y adultos— que comprendan que cada conducta al volante tiene consecuencias. Porque en la vía pública, lo que muchos consideran un pequeño descuido puede convertirse en una tragedia. No solo está en juego la propia vida, sino también la de los demás.